LA NIÑA SABIA

La niña sabia:

 

“¡Ha nacido un niño! ¡Ha nacido un niño!”

Las voces corrían de un lado a otro del pueblo. Era una como tantos, con cosas, con una calle principal, un intendente, unos campos, y la torre de una iglesia.

“¡Ha nacido un niño!”

Pero cuando nacía un niño, todo el mundo se entera e, incluso, lo pregonaban; el pueblo estaba pendiente del acontecimiento; en cuanto el cura lo bautizaba, lo llevaban a la municipalidad para que el intendente lo pusiera a prueba.

Aquel domingo había tres bautismos y, después de que el cura bendijo a los tres chiquitos y les dio un nombre, todos fueron a la municipalidad.

El intendente tenia bastante sueño, porque el día anterior había estado jugando a las cartas hasta casi medianoche; pero quiso cumplir sus obligaciones y ordeno traer el espejo.

Y es que en aquel pueblo, cuando nacía un niño, lo ponían sobre un espejo. Si el pequeño se resbalaba, se lo devolvían a sus adres y el intendente les recomendaba que hicieran con el un buen trabajador. Pero si se agarraba al espejo y se quedaba sujeto a él, entonces el pueblo, contento de tener un niño tan listo (porque sujetarse a un espejo es muy difícil), juntaba el dinero necesario y lo mandaba a estudiar a la capital.

Pero ya se ha dicho que aquel día, el intendente, que era el encargado de vigilar la prueba, estaba bastante dormido. Además, hacia más de sesenta años que ningún niño se sujetaba  al espejo y todos pensaban que eso eran cuentos de viejos.

El intendente puso el primer niño en el espejo y… resbaló llorando. Luego puso al segundo… lo mismo. Ya cansado, pidió al tercer niño, pero la madrina, que lo tenía en brazos, no se lo quería dar:

-Pero señor intendente…

-¡Que me des a esa chico, que me quiero ir a mi casa!

-No, señor intendente, que…

El intendente no quiso escuchar más; tomó al niño y lo puso sobre el espejo.

El pequeño, apretando la boquita y las manos, ¡Se sujeto al espejo!

Ooohhhhhh! – dijeron todos.

-¿De quien es este chico? –Preguntó el intendente.

Un hombre se adelantó.

-Mío, señor intendente. Y no es un chico, es una niña.

-¿Cómo? –gritó el intendente.

-Si ya se lo quería decir yo…-dijo la madrina.

-¡pero las niñas no pueden pasar la prueba del espejo!

Unas mujeres contestaron bastante enojadas:

-¡Pues se agarro al espejo!

-Pero las niñas…-decía el intendente.

-Hace más de sesenta años que nadie lo hacia. ¡Y se sujeto al espejo!

-Pero las niñas no necesitan estudiar…-dijo el intendente.

-¿Quééé?- gritaron todas las mujeres a la vez.

El intendente discutió un poco más, pero fue inútil. A las niñas no les habían echo nunca la prueba del espejo; pero aquel día él estaba un poco dormido. ¡Dichoso juego de cartas que duró hasta la medianoche! ¡Y quién iba a pensar que llevaría una niña a la prueba!

Si por lo menos se hubiese resbalado como los otros…

No hubo solución. El pueblo se dividió en bandos: los partidarios de actual como la pedía la tradición de la prueba del espejo y los que opinaban que las niñas solo tenían que aprender a coser, remendar camisas y pantalones y cocinar sopas y algún postre.

Pero como las mujeres estaban de parte de la niña, al final, el intendente acabó cediendo. Y se preparó el dinero para que, cuando tuviese edad, Cecilia –que así se llamaba la niña- fuese a estudiar a la capital.

 

Magali A.